¿Acaso soy un privilegiado?

‘Sois unos privilegiados’. Así se nos espeta como un reproche, y así lo sigo escuchando a pesar de los años. Algunos sectores profesionales sufren, sufrimos, cierta animadversión generalizada  debidamente inducida desde intereses sesgados.

La satisfacción personal por haber ejercido y disfrutado la actividad laboral como piloto de aviación comercial, permite explicar en primera persona que el verdadero privilegio no fue el dinero, ni un salario digno ajustado a un trabajo digno, sino la satisfacción de poder decir que “hasta hubiese pagado por hacer lo que hacía”. En nuestro argot no se hablaba de “me voy a trabajar”, sino “voy a volar” o “vuelo tantos días”. Desde la perspectiva de aviador, tras haber luchado, trabajado, estudiado, arriesgado y después de haber superado  sucesivas y exigentes pruebas extremas de acceso para merecerlo, nos sentíamos satisfechos con lo nuestro; sin meternos con nadie, pero sin poder evitar que todo dios nos atacara por sistema.

No recuerdo ninguna huelga  por reivindicaciones  económicas, aunque así se divulgara torticeramente en algunos medios. Solo era motivo de defensa por la dignidad de una profesión agredida en varios frentes, empezando por muchos directivos y mandos intermedios de la propia empresa que, desde el bloque administrativo  y con la frustración que dimana de la envidia, no podían soportar la excelencia operativa de quienes volaban y hacían que el avión volase.

En otros colectivos laborales, distintos y alejados pero afectados por lo mismo, se sabe que la huelga es un último recurso cuando los negociadores de la parte contraria sabotean sistemáticamente las conversaciones y los acorrala sin opción a una alternativa; aunque la prensa afecta, y quizá subvencionada, prefiera dar voz unilateral al empresario o presidente del Consejo de Administración, para culpar e insultar en exclusiva al huelguista, cual es el caso específico de la aviación, cuando ejecutivos, mediocres la mayoría, organizan el desaguisado con una penosa gestión de tres o cuatro años y luego se van de rositas, con indemnizaciones millonarias y billetes business para él y su familia de  por vida. Los demás, trabajadores con más de treinta años en la compañía, siguen  luchando por la supervivencia de un negocio en declive.

Las campañas mediáticas para denigrar a determinado colectivo tienen una táctica predefinida en un decálogo: “Armas silenciosas para guerras tranquilas”. La eficacia es demoledora y los resultados muy dañinos y casi siempre irreversibles, pues en el subconsciente colectivo queda impreso el mensaje peyorativo convertido en tópico.

Lo normal es pasar de largo de una opinión pública intoxicada. Pero puede suceder que puntualmente el criterio desviado pueda destruir una vida:

Fragmento de una sentencia (Revisión de medidas) 104/2010 (27/9)

el demandante percibía un salario derivado de su profesión de piloto…     y así no puede marginarse que el demandante tenía unos elevadísimos ingresos que le han permitido contar en la actualidad con una situación económica desahogada…” Es una muestra evidente de cómo hasta una jueza, supuestamente preparada para impartir justicia, puede ver su conciencia contaminada por los efectos de una campaña denigrante que perdura a través de los años. Habida cuenta que el demandante aludido, en esa fecha estaba jubilado, tras haber sido esquilmado en un proceso de divorcio deplorable y abusivo, sin más ingresos ni patrimonio que su pensión, a quien  se  condenaba a seguir pagando 2000 € mensuales como alimentos para dos hijos adultos de 27 y 30 años. Una atrocidad inviable por falta de medios, contra la que sigue luchando en los tribunales, con pocas perspectivas de reconocimiento por parte de una justicia obcecada con el párrafo de la jueza que le ha destrozado su jubilación  por un tópico lamentable.

Son los crueles efectos del armamento mediático disparando silencioso en guerras sencillas.

Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com

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