Haciéndole la cama a Podemos

No se puede hacer peor. Desde la prepotencia que conllevan las mayorías absolutas, el ensimismamiento apoltronado de quienes juraron lealtad al servicio del pueblo, la corrupción total ensañándose con la dignidad de los ciudadanos, apoyada en una Justicia poco fiable… el caldo de cultivo está servido para un estallido social.

Recientes discursos oficiales -triunfalismo dialéctico sobre datos económicos de futuro inmediato que no se cree nadie- pretenden camuflar el riesgo de otra recesión que parece inminente. ¿Alguien se cree que al término de esta legislatura se habrá superado la crisis?Por favor…

La diferencia entre realismo y ficción está en el déficit público, que ni siquiera metiendo en el PIB el narcotráfico y la trata de blancas se consigue detener su incremento, porque la deuda pública ya ha rebasado ¡el millón de millones de euros!, casi el 100% de lo que se ingresa. ¿Cómo puedo comer, vestir, vivir… cuando debo todo lo que gano? Si para colmo se destruye el mercado laboral por mor de una reforma en regreso hacia la esclavitud, el inminente estado de ruina es incontestable y, en apariencia, irreversible. Y lo es porque el más elemental uso de razón y el sentido común dictaron que el primer paso para reconducir el estado de crisis era reducir drásticamente el gasto público desde el principio. No solo no se hizo sino que se recortó por donde menos se debía: reducciones salariales de la clases más vulnerables; una Ley de Dependencia impunemente incumplida; recortes inhumanos en sanidad, educación, cultura, viviendas sociales, servicios asistenciales… Mientras, se rescataba con cifras salvajes a una banca corrompida, cuyos directivos eran premiados con indemnizaciones millonarias o tarjetas de crédito surrealistas, después de haber robado, en flagrante estafa, a una multitud de ciudadanos indefensos, engañados vilmente por una pandilla de ladrones protegidos por las instituciones del Estado y por una Justicia debilitada por imposición de los otros poderes. El destrozo social es flagrante.

Si para colmo se incrementan las subvenciones a partidos políticos, sindicatos y organismos oficiales, CEOE y anexas, un 85% desde los fondos públicos, tras otra subida reciente del 25%, mientras fuera aumentan las cifras del paro, los índices de pobreza, la precariedad infantil, el hambre tercermundista, recortes contra un pretendido bienestar social, en un ambiente donde cada día amanece un nuevo caso de corrupción oficial masiva que sigue quedando impune, donde los pocos jueces que intentan combatirla resultan condenados… Demasiadas aberraciones que atentan contra el concepto elemental de Estado de Derecho.

Por todo ello era inevitable la aparición de un fenómeno político-social como sustitutivo de un inminente estallido social violento, traumático y cruento como tantos casos contados por la Historia en situaciones similares. ¿Es la solución? Podría serlo como revolución cívica, exenta de violencia física, a título de revulsivo terapéutico para un estado de corrupción generalizada en un cuerpo agonizante por la progresiva descomposición de cada uno de sus órganos vitales. Pero el prospecto del medicamento también tiene un apartado de contraindicaciones.

Si estos consiguieran modular su discurso, evitar la alarma social de un radicalismo poco presentable, prescindir de veleidades sudamericanas, babeo con independentismos y apologías terroristas, el pueblo normal escucharía con ansiedad el predicado que necesita oír para salir del coma.

Tantas atrocidades de la casta política se lo han puesto fácil a esta nueva casta que, por desgracia, también se está mostrando poco fiable. De momento aparecen dos facciones internas como expresión endémica de las dos Españas de siempre. Una muy frágil esperanza que tal vez caerá, como todas, por la debilidad colectiva del “cada uno a lo suyo”.

Una pena.

 

 

Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com

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